sábado, 23 de junio de 2012

DEUDORES DE LA HISTORIA

El fútbol es, a no dudarlo, el más universal de los deportes. Serían muchas las premisas a enumerar para llegar a esa tajante conclusión que, por otro lado, resulta innegable al más distraído de los observadores. 

Pero si hubiera que elegir alguna premisa en particular, una de las primeras que debe salir a colación es el carácter verdaderamente democrático del juego. Por las razones que sean, el fútbol es un deporte que da cabida a todos por igual. No se circunscribe su práctica a una determinada zona geográfica o a unas nacionalidades en particular. Desde el rubio nórdico hasta el amarillo asiático,pasando por el negro africano y el mestizo latinoamericano, todos sin excepción, juegan y disfrutan de la sagrada danza humana de noventa minutos como si fuera parte de su propio patrimonio cultural.

Esta marcada característica "democrática" del juego no es ápice para desconocer, y esto resulta también un hecho por demás innegable, que incluso en nuestro querido deporte, se percibe de manera clara la existencia de eso que se puede definir como "la nobleza del fútbol", esto es, un conglomerado de equipos-bien sean selecciones nacionales o clubes-, que  en razón de su historia y sus pergaminos, están un escalón por delante del resto de los participantes en la fiesta futbolística mundial.

De esta forma, y partiendo de los anales históricos que conforman la historia del fútbol, uno puede observar de manera clara quienes son aquellos que, a la fecha actual, constituyen la crema y nata de ese exclusivo club que aquí llamamos "nobleza", y que forman parte de los poderosos del juego: Brasil, Argentina, Alemania e Italia, son selecciones cuyo pasado exige y clama respeto para quienes los enfrenten. Ni que decir de Uruguay, dos veces campeón del mundo y dos más olímpicas. Y hasta la misma Inglaterra, la madre patria del espectáculo tal cual como hoy lo conocemos, campeona mundial del año 1966.Finalmente, en el exclusivo club habría que agregar dos selecciones más, quienes a pulso propio y sin que nadie les regalara nada, han podido irrumpir de manera reciente en el exclusivo club de los campeones mundiales. Hablamos por supuesto, de Francia y España, campeones mundiales en las ediciones de 1998 y 2010 respectivamente. 

Hay algo relevante a tomar en cuenta con este exclusivo club de alto linaje. Y no es solo el respeto que cada rival debe tener por ellos cuando se les enfrenta en el rectangular césped. También se debe tener en cuenta la otra cara de la moneda, y ésta no es otra que la reiterada y constante voluntad de la nobleza futbolística de honrar y respetar su propia historia, sus propios pergaminos. A ver si se entiende: la obligación de estas selecciones,futbolísticamente hablando, es mayor que la del resto del planeta. Ellos están obligados a llevar a límites superiores, si cabe la palabra, la expresión futbolística. Ellos son los monstruos del deporte, por lo tanto, cada aparición de los colores que ellos representan, debe ser sinónimo de espectáculo seguro, de lucha y fuerza histórica, y de honor a sus antepasados, sobre todo cuando el caprichoso destino decide enfrentarlos en un mismo campo. 

Y eso, y nada más que eso, era lo que se esperaba ver hoy en la ciudad de Donestk, Ucrania, en el encuentro que por cuartos de final de la Eurocopa 2012, enfrentó a los seleccionados de España-actual campeón mundial y de Europa-y Francia, equipos que, a no dudarlo, forman parte de la nobleza futbolística mundial. 

Sin embargo, la historia fue otra. Partido absolutamente gris, por momentos de bostezos, sin emoción en las porterías. Sin jugadas espectaculares, sin momentos de verdad para recordar.  En otras palabras, de "nobleza futbolística", solo estaban los nombres y los colores. De resto, partido de fútbol para el olvido.

Porque, ¿que se puede reseñar del mismo? lo normal, lo corriente, como si fueran dos selecciones del montón las que se enfrentaron hoy. España que fue dueña del balón en el primer tiempo ante una Francia timorata, en franco desprecio por su propia historia y traicionando su propio estilo. La presencia de Nasri y Diarra en el banco de suplentes ya daba luces de lo que sería el planteamiento del técnico Blanc. Los campeones del mundo cumplieron parcialmente con el libreto del juego: toque endemoniado y movilidad por todo el campo defensivo francés. Los galos trataban de salir al contragolpe, pero ni Ribery  ni Benzema estuvieron hoy lo fino que cabría esperarse. 

Temprano se decidió el lance, llamado a ser uno de esos de "los que sacan chispas", pero que lo único que logró sacar fue decepción y aburrimiento. Corría el minuto 19 cuando una escapada por el lateral izquierdo del rápido Alba se encontró con un inoportuno resbalón de Debouchy, lo que permitió que el español entrara como Pedro por su casa en el área francesa, con tiempo suficiente para tomarse una foto y de paso darle chance todavía para colocarsela en la cabeza a Xabi Alonso, que entraba sin ningún tipo de marca a la portería gala. Solo había que tocarla con la cabeza y listo. Gol de España y todo se decidía ya. 

El resto del trámite del partido-hablamos de casi 71 minutos y un poco más- fue una constante y reiterada disminución de todo lo que enriquece a nuestro querido deporte: fuerza, garra, elegancia, calidad, estética, sudor, amor por la camiseta. Nada de eso se vió más en la calurosa noche ucraniana. El primer tiempo que terminó, el segundo que tenía tiempo de iniciado y todavía los franceses como que no se daban cuenta de que iban en desventaja. Por su lado, los españoles sencillamente entregaron el balón, no quisieron seguir llenando el campo con sus toques y la magia de sus jugadores y se dedicaron a rechazar los inofensivos ataques franceses. Se produjeron cambios en ambos equipos pero ninguno digno de resaltar, porque el trámite del partido no cambió en lo absoluto. 

Un penalty que la verdad nada aportaba ya al juego-salvo para la estadística- fue el epitafio perfecto para la historia que hoy tristemente se contó en Donestk. España despachaba a una irreconocible Francia y ya está, sin mucho despeine, en la fase semifinal. El equipo de Blanc, oscuro, gris, sin color ni sabor, por su parte, hace sus maletas para devolverse a casa. Fin de esta parte de la historia.

Pero quedó la deuda. La deuda con la Historia que se escribe con H mayúscula. Hoy, españoles y franceses, independientemente del resultado, le han fallado a sus pergaminos, a sus colores y al fútbol. Del lado español, están en deuda por el buen juego, por el toque exquisito de sus jugadores y por la estética del espectáculo. Se vió a ratos en el primer tiempo, pero su condición de campeona del mundo no le da para trabajar solo un tiempo, como si fuera un equipo más del montón. Por el lado francés, todo el pasivo deudor se puede resumir en una sola frase: falta de corazón. Y esta falta de corazón agrede, destruye y escupe en la cara al legado del fútbol francés y de sus históricas figuras. Y no es cualquier cosa cuando se habla de un fútbol que parió a jugadores de la raza y talento de Fontaine, Platiní, Giresse, Tigana, Cantona, Deschamps y compañía. Ni que decir de un Zidane.

Francia y España, como negarlo, forman parte de la nobleza futbolística mundial. Sus pergaminos e historia, pasada y reciente, así lo justifican y por lo tanto, son perfectas acreedoras a exigir el respeto debido a su tradición y a su historia.

 Pero la España y sobre todo la Francia de hoy, son deudoras de la Historia.  




viernes, 22 de junio de 2012

Y SIEMPRE GANA ALEMANIA...

Es al legendario ariete inglés Gary Lineker a quien se le atribuye una de las definiciones más antipatrióticas de que se tengan noticia en relación al deporte rey: "el fútbol es un deporte donde juegan once contra once y siempre ganan los alemanes". 

Semejante definición, más allá del contexto realmente frustrante en que la misma debió de haber sido proferida, trae aparejada realmente una concepción del juego que, más allá de haber hecho revolcar en sus tumbas a más de una generación de orgullosos ingleses, pareciera reflejar un aspecto histórico realmente innegable y casi siempre presente en la sagrada danza universal de los noventa minutos. 

Y vamos, no es cuestión de decir que siempre son los alemanes los que ganan todos los partidos. Pero verdaderamente, resulta notorio y no deja de llamar nunca la atención siempre el hecho de que, antes del inicio de cada zafra futbolística, háblese de una Copa Mundial, Eliminatorias, Eurocopa o lo que sea, el denominado equipo de la "Mannschaft" difícilmente salga a la cancha con la etiqueta de víctima, o seguro perdedor, trátese del rival que sea. Al contrario, siempre se espera que el representativo teutón gane y si es posible arrolle al oponente de turno.

Y esta bien ganada fama fue exactamente la que finalmente se impuso hoy en el Arena Gdansk de la cada vez más calurosa Polonia, en el marco del encuentro que disputaron las selecciones de Alemania y Grecia por los cuartos de final de la Eurocopa 2012, y en donde las huestes germanas arrollaron al ordenado pero limitado cuadro griego con un resultado final de cuatro goles contra dos. 

Pero el encuentro de hoy, aparte de confirmar, por enésima vez, la frustrante teoría del artillero Lineker, también da pie para entender un poco más de donde es que viene esa pretendida supremacía alemana en el juego. Y es que realmente, en el juego de hoy, como pocas veces, confluyeron gran parte de los factores que podrían sustentar de manera irrefutable esa premisa que trata de explicar el por qué "siempre ganan los alemanes".

Empecemos por el planteamiento táctico, un factor importante aunque no el principal. Hasta cuatro cambios hizo el técnico germano Low en su alineación inicial. Destacaron las ausencias de Mario Gomez y de Thomas Muller. Por ellos el disciplinado técnico hizo ingresar al goleador histórico Klose y a la joya alemana Reuss. También hizo ingresar a Schurrle por Podolski y ya por acá se puede empezar a entender el por qué estos alemanes dan tanta pelea en este deporte. 

Veamos la cuestión: se tiene un técnico que adapta a su equipo a las necesidades que el torneo te va planteando. No mueres con un solo esquema-en verdad no tienes que hacerlo-, sino que vas planteando tu juego en virtud del rival de turno. Y en el caso de Grecia, Low leyó en el papel perfectamente lo que le esperaba: un equipo griego ordenado que muy pocos espacios te iba a dejar para la maniobra. Por lo tanto, le das el ingreso a jugadores de más movilidad (Klose y Reuss) y con fuerte pegada de media y larga distancia (Schurrle). 

Y efectivamente, el trámite del juego terminó dándole la razón a Low. Un equipo griego que se siente cómodo sin balón y destruyendo todo lo que se acerque a su área fue lo que se encontró el renovado equipo alemán. Se llegaba con propiedad al área, pero no se podía definir la jugada. El muro griego funcionó a la perfección, hasta que se encontraron cara a cara con quizás el mejor lateral izquierdo del mundo. el capitán germano Lahm, quien fue el encargado de abrir el marcador con un certero disparo fuera del área griega.  Tiros de media y larga distancia, ¿les suena conocido esto?

Con el marcador 1-0, vino también el momento de demostrar otro factor-a mi juicio el más importante de todos- que ha sido marca de fábrica de los tricampeones mundiales a lo largo de su historia: la fortaleza mental. Y es que, de seguro, cualquier otro equipo se hubiera desmoronado en gran parte cuando el eficiente pero solitario delantero Samaras colocó el empate en el primer y único ataque de peligro de los griegos. Corría el minuto 55 de juego y ya parecía que Grecia volvía a ser la misma de aquél 2004 cuando asombraron a todo el mundo conquistando este mismo trofeo. 

Pero siempre están los alemanes. ¿O es que nadie recuerda que de los tres títulos mundiales que tienen, dos de ellos los ganaron remontando marcadores adversos? ¿O nadie recuerda tampoco que aún perdiendo en el desenlace, en plenas finales y semifinales de Copas del Mundo han remontado marcadores de hasta dos goles de diferencia? Todo lo anterior se puede resumir en dos cosas, derivadas una de la otra: fortaleza mental y aprovechamiento de los momentos claves.

Y eso fue, ni más ni menos, lo que sucedió hoy. Grecia empataba el partido y se veía envalentonada. Ya se percibía en el ambiente ese aire de que tal vez pudiera existir alguna sorpresa mayúscula en el torneo. Pero al final, todo quedó allí, en el ambiente. Porque los alemanes, oficiosos aprovechadores de los momentos claves del juego, no dejaron ir la oportunidad, y así, cuando mejor jugó Grecia, y cuando parecía que Alemania se podía desinflar, Khedira se encargó de recordarles que frente a ellos no te puedes descuidar ni un segundo. Corría el minuto 61, centro al área de Klose y remate con el exterior del volante del Real Madrid. Gol y a otra cosa. Grecia, esa limitada Grecia, no se repondría jamás del golpe. 

Los goles de Klose y Reuss ya formaron parte del trámite. El descuento de Salpingidis quedaba para la anécdota. Este juego de hoy se resolvió verdaderamente en esos seis minutos que separaron el gol del empate griego del 2-1 alemán. En esos 360 segundos estuvo el único chance de Grecia de poder torcer la historia. No pudieron hacerlo empero, y tampoco es que se les pueda recriminar del todo a la valiente banda dirigida por el portugués Fernando Santos. 

Y si, ciertamente, el técnico Low dio muestra de una flexibilidad táctica y de una lectura del rival y del juego que debe servir de ejemplo a muchos técnicos en el planeta. Que se termine de entender que cada partido es una nueva realidad, que debe asumirse con las herramientas , muchas o pocas, que se tengan. Que el equipo no son solo 11 jugadores, sino los 23 que están convocados. En esto radica el mérito del entrenador alemán, por lo menos para el juego de hoy. En eso, y en la fortaleza mental del equipo, claro está. 

Y es que pareciera que con los herederos de Walter, Beckembauer y Matheus no se puede cuando vienen embalados. No en balde, dos campeones mundiales, Argentina e Inglaterra, se comieron cuatro goles cada uno de este seleccionado en Suráfrica 2010. Para vencer a los alemanes tienes que aprovechar el momento clave del juego, amén de tener una fortaleza mental y concentración absoluta los 90 minutos, porque si no, en un santiamén te liquidan. Quienes han logrado vencer a estos tipos, saben exactamente de lo que estoy escribiendo.

Y los que no lo hacen, quedarán como el mítico Lineker, rumiando su amargura, y repitiendo una y otra vez, con disimulada frustración, que en el fútbol, al final de cuentas, e independientemente de quienes jueguen, siempre ganan los alemanes.  




PORTUGAL: EL CUMPLIMIENTO DEL CANON (EURO 2012 CUARTOS DE FINAL)

Parece ciertamente imposible, por lo menos en esta vida, llevar una existencia medianamente provechosa sin la presencia de un conjunto de normas, reglas o canones que le impongan a uno como persona, un mínimo de directrices de como hacer o enfrentar ciertas cosas. Del cumplimiento o no de dichos preceptos, se podrían entonces derivar consecuencias previstas o no previstas, queridas algunas y otras no tanto, pero lo cierto es que constituye un hecho innegable la circunstancia de que para absolutamente todo lo que nos rodea, desde el funcionamiento de un sencillo radio a pilas hasta el equilibrio de todo el Universo, existe un conjunto de normas que dictan la pauta de como deben funcionar o no ciertas cosas.

El fútbol por supuesto no escapa a esta tendencia "normativa", en donde por lo general la regla de sumar dos mas dos pareciese que siempre puede dar cuatro. Aunque, para ser sincero, no es la materia futbolística precisamente la que posee la mas grande moral para hablar de eso. De hecho, si lo apuran a uno, se podría incluso llegar a afirmar, sin ningun tipo de sonrojo, que nuestro querido deporte constituye una de las parcelas de la vida en donde se asiste mas frecuentemente al rompimiento del canon, a la contravencion de esa regla de vida que dicta que si agregas dos manzanas a las otras dos, siempre saldrás del mercado con cuatro de ellas.

No obstante, nada de esa contravención ni mucho menos fue lo observado hoy en el hermoso Estadio Nacional de Varsovia, en el encuentro que por los cuartos de final de la Eurocopa 2012 sostuvieron los seleccionados de Portugal y República Checa. Hoy, lusitanos y checos decidieron brindarnos una danza sagrada de noventa minutos totalmente apegados al canon futbolístico.

Y miren que el inicio de este partido prometía exactamente todo lo contrario. De manera por demás irreverente y en clara contradicción con la regla que estipula que el equipo "en teoría" más débil sale a esconderse en su propia área desde el primer minuto, los checos comenzaron llenando la totalidad de los espacios a los sorprendidos portugueses, quienes no atinaban a encontrar el balón por ningún lado. Los guerreros rojos venidos desde la tierra de Bohemia y Moravia se abalanzaron sin ningún tipo de complejos sobre el arco defendido por Rui Patricio.

Y es que los herederos de Panenka, Podorsky, Nevded y compañía parecían haber salido insuflados de ese polvo de jerarquía que innegablemente tiene el fútbol de por aquellos lados, dos veces subcampeón del mundo y una vez campeón de Europa, para de esta forma, espetarle en la cara a esos arrogantes portugueses que el trámite del partido iba a resultar de todo, menos fácil para los herederos del gran Eusebio. 

Bajo esta premisa se manejaron los primeros veinte minutos del partido, con una República Checa ocupando inteligentemente los espacios, sobre todo por su banda derecha, y una Portugal algo desconcertada que no atinaba a controlar medianamente ni el balón ni mucho menos el juego. La presencia en algún momento de Ronaldo buscando pelotas en zona defensiva era la perfecta muestra de que, por lo menos hasta esa etapa del partido, lo dictaminado por el canon no se estaba cumpliendo: el equipo "débil" estaba siendo un equipo mucho más frontal de lo que se tenía que esperar. 

Sin embargo, la ilusión, porque eso fue al final el equipo checo, duró no más veinte minutos. Poco a poco, la implacable lógica fue haciéndose cada vez más visible en el césped de Varsovia. De manera imperceptible pero cada vez más cierta, Ronaldo comenzó a encontrar espacios para su carrera mortal, mientras Nani se familiarizaba con esa banda derecha que al principio parecía no querer nada con el habilidoso jugador del Manchester United. Moutinho y Meireles comenzaron a atraer más a la caprichosa pelota a sus pies y todo eso significó, sencillamente, que las huestes de Bohemia y Moravia estaban en graves problemas.

Porque darle el balón a un equipo como Portugal significa exactamente eso: estar en problemas, y serios además. Cada vez más el equipo de Bento fue empujando a los checos contra su propio arco, donde el extraordinario Cech se encargaba de demostrar en cada lance por que es el mejor del mundo. Y cuando no era el capitán checo el que contrariaba la lógica y el canon, eran los postes los que se negaban a darle la razón a aquellos. De esta forma, se llegó al final de los primeros 45 minutos con un empate sin goles en el marcador.

El segundo tiempo fue la comprobación fehaciente de que, por lo menos en este partido, la lógica no estaba dispuesta a aceptar ningún tipo de sorpresas, de esas que abundan en estos rectángulos de pasión y vida. Un Portugal ya dueña y señora del balón y del juego, cocinaba a fuego lento el desenlace del mismo.Balones iban y venían sobre el área checa, balones que, con el transcurso de los minutos, costaba despejar cada vez más a la atribulada zaga roja. Ya entonces hacía tiempo que los habilidosos Jiracek y Pilar habían desaparecido del juego, ahogados por la contundencia y el ocupamiento total de los espacios por parte del seleccionado lusitano. República Checa no tenía ningún tipo de salida. Baros naufragaba de manera dramática entre esas dos islas hostiles que conformaban Pepe y Bruno Alves.

Y finalmente, pasó lo que tenía que pasar, cuando el canon y la lógica no pretenden dar cuartel a ninguna situación que ellos no hayan previsto. Y para dejarlo más claro todavía, la puñalada definitiva asestada al valiente pero limitado equipo checo derivó de una jugada de esas llamadas "del librito": Moutinho que gana uno de los tantos balones que se cansó de ganar hoy, carrera desesperada por su banda derecha y centro "perfecto" al corazón del área checa, tal como dictan los canones para este tipo de jugada.  Almeida, que había sustituido a Postiga  como punta de lanza del ataque portugués, arrastra la marca de los dos centrales checos, tal como se enseña desde hace siglos a los delanteros, y Ronaldo que aparece como una tromba a las espaldas de aquellos para, de un certero remate de cabeza, hacia abajo y esquinado- como dictan los canones- hacer inútil la estirada de Cech y de esta forma, poner el grito de gol en las gargantas de casi once millones de portugueses. 

El resto de la historia ya era puro trámite, como sucede cuando las reglas y normas no dan chance a ninguna sorpresa. El tiempo se consumió finalmente, y el mejor equipo de la cancha salió con los brazos en alto. Hoy no hubo espacio para romper paradigmas ni tendencias. Hoy el fútbol no quiso ser caprichoso como otras tantas veces, y no llevó la novela entre checos y portugueses hacia un final imprevisible. Hoy dos más dos dieron como resultado un certero cuatro en el nublado cielo de Varsovia. Hoy sencillamente, tal como lo establecen los canones, tanto del fútbol como de la vida,  ganó el que,de lejos, hizo mejor las cosas.  

  
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miércoles, 20 de junio de 2012

CIRCULO CENTRAL

Si alguna vez se hiciera una encuesta imaginaria a los millones de fieles de esa religión universal conocida en nuestro castellano idioma como fútbol, y se les preguntara cual de las zonas de ese sagrado templo que es el rectángulo de juego es la más importante, seguramente casi nadie señalaría al circulo central del verde césped como su respuesta primera.

Sería una apuesta casi segura el afirmar que la inmensa mayoría de la feligresía futbolística señalaría el pequeño espacio que descansa al fondo de las redes como el sitio de más trascendencia dentro de la cancha. Y es que es allí, y con toda razón, que se decide en último término, el destino de cualquier partido. 

Bajo esta premisa, la zona del círculo central es de las menos relevantes en ese universo paralelo que se constituye a lo largo de noventa minutos y un poco más, cuando el caso lo amerita. Dicho en otra forma, es una de las zonas más inútiles del campo de juego, que solo sirve en todo caso para señalar el inicio del mismo, así como para reponer el trámite del partido cuando se ha hecho presente, con toda la furia de que es capaz, el esperado dios gol.

No obstante, yo no podría estar más en desacuerdo con dicha percepción.  Y no solo por la notoria circunstancia de que ese inmenso círculo central no haya sido puesto allí de adorno por nuestros queridos amigos ingleses allá por el año 1863, cuando se decidió uniformar en un solo reglamento las diversas modalidades de aquellos juegos con pelota que sus escuelas privadas venían jugando desde hacía ya algún tiempo. 

Y es que, en efecto, y desde el punto de vista estrictamente reglamentario, el círculo central marca la distancia que debe tener siempre un jugador en relación a la pelota cada vez que se proceda a iniciar o a reiniciar el partido. La sagrada distancia de 9,15 metros que debe separar a cualquier rival del no menos sagrado balón cuando se proceda a cobrar una falta o un tiro de esquina, viene reflejada de manera perfecta en la distancia que corre desde el punto central que protege el sagrado círculo hasta el exterior de su perímetro. Ya por allí viene el primer y principal aporte del círculo central al desarrollo del partido.

Otro aspecto reglamentario en el cual cobra plena importancia ese círculo central, viene dado por el hecho de que cuando se acude a definir un juego por la vía de los lanzamientos de pena máxima, los jugadores encargados de tal difícil misión, deben estar colocados de manera obligatoria dentro del perímetro del círculo. Así, de esta forma, el despreciado círculo central pasa a ser el lugar de la desesperante espera y claro, el lugar del inicio de la más apoteósica  celebración y por contrapartida, de la más lúgubre tristeza, dependiendo del desenlace.

Demostrada desde el punto de vista reglamentario, la utilidad de esa esfera inmensa que cubre el centro del teatro de emociones que constituye nuestra pasión, vayamos un poco más allá del librito de cánones y normas dictadas por los brillantes hombres de la rubia Albion y tratemos de ponerle al asunto un poco de sentimiento, materia prima sobre la cual se alimenta y sustenta el deporte más universal del planeta.

Bajo esta última premisa, el circulo central es y viene a representar la génesis de todo el universo futbolístico que cobrará vida a lo largo de esos sagrados noventa minutos en donde nada más existe y tiene importancia. Cualquiera que haya asistido a un campo de fútbol, bien sea desde el máximo privilegio de formar parte de los 22 guerreros que darán vida a una de las expresiones de raza y coraje más significativas del ser humano, o bien como meros observadores de tan excelsa lucha desde la subestimada comodidad de la tribuna, saben que existe un momento mágico, único e irrepetible, que tiene como principal protagonista a esa circunferencia que divide en dos partes iguales el maravilloso rectángulo de pasión y amor que constituye la cancha.

Es ese momento, justo antes de que suene el pitazo inicial, donde confluyen las esperanzas, las alegrías y los sueños de todos los involucrados en el ancestral espectáculo. En ese momento no hay equipo débil ni equipo fuerte, ni tampoco super estrellas o simples y anónimos jugadores. En esos pocos segundos que preceden al inicio del partido centenares, miles, millones de corazones laten a un mismo ritmo. En ese momento, todos podemos ser campeones mundiales. Es la magia del fútbol, que nace justo en ese círculo central, donde descansa la brillante pelota heredera de tantas otras que la precedieron en el solitario punto que señala el centro de todo lo existente. Por unos breves instantes, no existen guerras, problemas, enfermedades ni diferencias de ningún tipo. Lo único que une a las personas es la inacabable energía que confluye  en ese círculo central. 

Luego suena el pitazo inicial y el momento mágico da paso a la cruda realidad, no por eso menos mágica: la efervescencia del público y al sudor de los jugadores. Un nuevo partido ha nacido, parido desde las entrañas de esa zona circular que fue por breves segundos, cual madre tierra, receptora perfecta de la emoción humana multiplicada hasta el infinito y concentrada en ese sagrado círculo. El partido debe seguir creciendo y hacerse fuerte por sí mismo, llevando emoción, felicidad y la inevitable tristeza, según sea el caso, a los millones de feligreses que hoy plenan las tribunas y se multiplican por la magia de la televisión. Finalmente, deberá inexorablemente morir, porque el tiempo implacable no perdona y menos a esta danza universal de noventa minutos y un poco más.

 El árbitro señala el final del partido y hacia el centro de la desolada circunferencia señala. Todo termina donde todo comienza. Jugadores y público dejan su aliento cansados de soñar, reír y llorar. El estadio se vacía y las luces se apagan. El inmenso silencio se hace dueño de todo alrededor, como si nunca hubiera existido nada allí.


Y sin embargo allí sigue y seguirá el solitario círculo central, esperando de nuevo el día, la hora y la oportunidad de llevar sobre su limitado espacio, así sea por unos breves segundos nada más, la esperanza y los sueños de todo un planeta.