sábado, 23 de junio de 2012

DEUDORES DE LA HISTORIA

El fútbol es, a no dudarlo, el más universal de los deportes. Serían muchas las premisas a enumerar para llegar a esa tajante conclusión que, por otro lado, resulta innegable al más distraído de los observadores. 

Pero si hubiera que elegir alguna premisa en particular, una de las primeras que debe salir a colación es el carácter verdaderamente democrático del juego. Por las razones que sean, el fútbol es un deporte que da cabida a todos por igual. No se circunscribe su práctica a una determinada zona geográfica o a unas nacionalidades en particular. Desde el rubio nórdico hasta el amarillo asiático,pasando por el negro africano y el mestizo latinoamericano, todos sin excepción, juegan y disfrutan de la sagrada danza humana de noventa minutos como si fuera parte de su propio patrimonio cultural.

Esta marcada característica "democrática" del juego no es ápice para desconocer, y esto resulta también un hecho por demás innegable, que incluso en nuestro querido deporte, se percibe de manera clara la existencia de eso que se puede definir como "la nobleza del fútbol", esto es, un conglomerado de equipos-bien sean selecciones nacionales o clubes-, que  en razón de su historia y sus pergaminos, están un escalón por delante del resto de los participantes en la fiesta futbolística mundial.

De esta forma, y partiendo de los anales históricos que conforman la historia del fútbol, uno puede observar de manera clara quienes son aquellos que, a la fecha actual, constituyen la crema y nata de ese exclusivo club que aquí llamamos "nobleza", y que forman parte de los poderosos del juego: Brasil, Argentina, Alemania e Italia, son selecciones cuyo pasado exige y clama respeto para quienes los enfrenten. Ni que decir de Uruguay, dos veces campeón del mundo y dos más olímpicas. Y hasta la misma Inglaterra, la madre patria del espectáculo tal cual como hoy lo conocemos, campeona mundial del año 1966.Finalmente, en el exclusivo club habría que agregar dos selecciones más, quienes a pulso propio y sin que nadie les regalara nada, han podido irrumpir de manera reciente en el exclusivo club de los campeones mundiales. Hablamos por supuesto, de Francia y España, campeones mundiales en las ediciones de 1998 y 2010 respectivamente. 

Hay algo relevante a tomar en cuenta con este exclusivo club de alto linaje. Y no es solo el respeto que cada rival debe tener por ellos cuando se les enfrenta en el rectangular césped. También se debe tener en cuenta la otra cara de la moneda, y ésta no es otra que la reiterada y constante voluntad de la nobleza futbolística de honrar y respetar su propia historia, sus propios pergaminos. A ver si se entiende: la obligación de estas selecciones,futbolísticamente hablando, es mayor que la del resto del planeta. Ellos están obligados a llevar a límites superiores, si cabe la palabra, la expresión futbolística. Ellos son los monstruos del deporte, por lo tanto, cada aparición de los colores que ellos representan, debe ser sinónimo de espectáculo seguro, de lucha y fuerza histórica, y de honor a sus antepasados, sobre todo cuando el caprichoso destino decide enfrentarlos en un mismo campo. 

Y eso, y nada más que eso, era lo que se esperaba ver hoy en la ciudad de Donestk, Ucrania, en el encuentro que por cuartos de final de la Eurocopa 2012, enfrentó a los seleccionados de España-actual campeón mundial y de Europa-y Francia, equipos que, a no dudarlo, forman parte de la nobleza futbolística mundial. 

Sin embargo, la historia fue otra. Partido absolutamente gris, por momentos de bostezos, sin emoción en las porterías. Sin jugadas espectaculares, sin momentos de verdad para recordar.  En otras palabras, de "nobleza futbolística", solo estaban los nombres y los colores. De resto, partido de fútbol para el olvido.

Porque, ¿que se puede reseñar del mismo? lo normal, lo corriente, como si fueran dos selecciones del montón las que se enfrentaron hoy. España que fue dueña del balón en el primer tiempo ante una Francia timorata, en franco desprecio por su propia historia y traicionando su propio estilo. La presencia de Nasri y Diarra en el banco de suplentes ya daba luces de lo que sería el planteamiento del técnico Blanc. Los campeones del mundo cumplieron parcialmente con el libreto del juego: toque endemoniado y movilidad por todo el campo defensivo francés. Los galos trataban de salir al contragolpe, pero ni Ribery  ni Benzema estuvieron hoy lo fino que cabría esperarse. 

Temprano se decidió el lance, llamado a ser uno de esos de "los que sacan chispas", pero que lo único que logró sacar fue decepción y aburrimiento. Corría el minuto 19 cuando una escapada por el lateral izquierdo del rápido Alba se encontró con un inoportuno resbalón de Debouchy, lo que permitió que el español entrara como Pedro por su casa en el área francesa, con tiempo suficiente para tomarse una foto y de paso darle chance todavía para colocarsela en la cabeza a Xabi Alonso, que entraba sin ningún tipo de marca a la portería gala. Solo había que tocarla con la cabeza y listo. Gol de España y todo se decidía ya. 

El resto del trámite del partido-hablamos de casi 71 minutos y un poco más- fue una constante y reiterada disminución de todo lo que enriquece a nuestro querido deporte: fuerza, garra, elegancia, calidad, estética, sudor, amor por la camiseta. Nada de eso se vió más en la calurosa noche ucraniana. El primer tiempo que terminó, el segundo que tenía tiempo de iniciado y todavía los franceses como que no se daban cuenta de que iban en desventaja. Por su lado, los españoles sencillamente entregaron el balón, no quisieron seguir llenando el campo con sus toques y la magia de sus jugadores y se dedicaron a rechazar los inofensivos ataques franceses. Se produjeron cambios en ambos equipos pero ninguno digno de resaltar, porque el trámite del partido no cambió en lo absoluto. 

Un penalty que la verdad nada aportaba ya al juego-salvo para la estadística- fue el epitafio perfecto para la historia que hoy tristemente se contó en Donestk. España despachaba a una irreconocible Francia y ya está, sin mucho despeine, en la fase semifinal. El equipo de Blanc, oscuro, gris, sin color ni sabor, por su parte, hace sus maletas para devolverse a casa. Fin de esta parte de la historia.

Pero quedó la deuda. La deuda con la Historia que se escribe con H mayúscula. Hoy, españoles y franceses, independientemente del resultado, le han fallado a sus pergaminos, a sus colores y al fútbol. Del lado español, están en deuda por el buen juego, por el toque exquisito de sus jugadores y por la estética del espectáculo. Se vió a ratos en el primer tiempo, pero su condición de campeona del mundo no le da para trabajar solo un tiempo, como si fuera un equipo más del montón. Por el lado francés, todo el pasivo deudor se puede resumir en una sola frase: falta de corazón. Y esta falta de corazón agrede, destruye y escupe en la cara al legado del fútbol francés y de sus históricas figuras. Y no es cualquier cosa cuando se habla de un fútbol que parió a jugadores de la raza y talento de Fontaine, Platiní, Giresse, Tigana, Cantona, Deschamps y compañía. Ni que decir de un Zidane.

Francia y España, como negarlo, forman parte de la nobleza futbolística mundial. Sus pergaminos e historia, pasada y reciente, así lo justifican y por lo tanto, son perfectas acreedoras a exigir el respeto debido a su tradición y a su historia.

 Pero la España y sobre todo la Francia de hoy, son deudoras de la Historia.  




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