Es al legendario ariete inglés Gary Lineker a quien se le atribuye una de las definiciones más antipatrióticas de que se tengan noticia en relación al deporte rey: "el fútbol es un deporte donde juegan once contra once y siempre ganan los alemanes".
Semejante definición, más allá del contexto realmente frustrante en que la misma debió de haber sido proferida, trae aparejada realmente una concepción del juego que, más allá de haber hecho revolcar en sus tumbas a más de una generación de orgullosos ingleses, pareciera reflejar un aspecto histórico realmente innegable y casi siempre presente en la sagrada danza universal de los noventa minutos.
Y vamos, no es cuestión de decir que siempre son los alemanes los que ganan todos los partidos. Pero verdaderamente, resulta notorio y no deja de llamar nunca la atención siempre el hecho de que, antes del inicio de cada zafra futbolística, háblese de una Copa Mundial, Eliminatorias, Eurocopa o lo que sea, el denominado equipo de la "Mannschaft" difícilmente salga a la cancha con la etiqueta de víctima, o seguro perdedor, trátese del rival que sea. Al contrario, siempre se espera que el representativo teutón gane y si es posible arrolle al oponente de turno.
Y esta bien ganada fama fue exactamente la que finalmente se impuso hoy en el Arena Gdansk de la cada vez más calurosa Polonia, en el marco del encuentro que disputaron las selecciones de Alemania y Grecia por los cuartos de final de la Eurocopa 2012, y en donde las huestes germanas arrollaron al ordenado pero limitado cuadro griego con un resultado final de cuatro goles contra dos.
Pero el encuentro de hoy, aparte de confirmar, por enésima vez, la frustrante teoría del artillero Lineker, también da pie para entender un poco más de donde es que viene esa pretendida supremacía alemana en el juego. Y es que realmente, en el juego de hoy, como pocas veces, confluyeron gran parte de los factores que podrían sustentar de manera irrefutable esa premisa que trata de explicar el por qué "siempre ganan los alemanes".
Empecemos por el planteamiento táctico, un factor importante aunque no el principal. Hasta cuatro cambios hizo el técnico germano Low en su alineación inicial. Destacaron las ausencias de Mario Gomez y de Thomas Muller. Por ellos el disciplinado técnico hizo ingresar al goleador histórico Klose y a la joya alemana Reuss. También hizo ingresar a Schurrle por Podolski y ya por acá se puede empezar a entender el por qué estos alemanes dan tanta pelea en este deporte.
Veamos la cuestión: se tiene un técnico que adapta a su equipo a las necesidades que el torneo te va planteando. No mueres con un solo esquema-en verdad no tienes que hacerlo-, sino que vas planteando tu juego en virtud del rival de turno. Y en el caso de Grecia, Low leyó en el papel perfectamente lo que le esperaba: un equipo griego ordenado que muy pocos espacios te iba a dejar para la maniobra. Por lo tanto, le das el ingreso a jugadores de más movilidad (Klose y Reuss) y con fuerte pegada de media y larga distancia (Schurrle).
Y efectivamente, el trámite del juego terminó dándole la razón a Low. Un equipo griego que se siente cómodo sin balón y destruyendo todo lo que se acerque a su área fue lo que se encontró el renovado equipo alemán. Se llegaba con propiedad al área, pero no se podía definir la jugada. El muro griego funcionó a la perfección, hasta que se encontraron cara a cara con quizás el mejor lateral izquierdo del mundo. el capitán germano Lahm, quien fue el encargado de abrir el marcador con un certero disparo fuera del área griega. Tiros de media y larga distancia, ¿les suena conocido esto?
Con el marcador 1-0, vino también el momento de demostrar otro factor-a mi juicio el más importante de todos- que ha sido marca de fábrica de los tricampeones mundiales a lo largo de su historia: la fortaleza mental. Y es que, de seguro, cualquier otro equipo se hubiera desmoronado en gran parte cuando el eficiente pero solitario delantero Samaras colocó el empate en el primer y único ataque de peligro de los griegos. Corría el minuto 55 de juego y ya parecía que Grecia volvía a ser la misma de aquél 2004 cuando asombraron a todo el mundo conquistando este mismo trofeo.
Pero siempre están los alemanes. ¿O es que nadie recuerda que de los tres títulos mundiales que tienen, dos de ellos los ganaron remontando marcadores adversos? ¿O nadie recuerda tampoco que aún perdiendo en el desenlace, en plenas finales y semifinales de Copas del Mundo han remontado marcadores de hasta dos goles de diferencia? Todo lo anterior se puede resumir en dos cosas, derivadas una de la otra: fortaleza mental y aprovechamiento de los momentos claves.
Y eso fue, ni más ni menos, lo que sucedió hoy. Grecia empataba el partido y se veía envalentonada. Ya se percibía en el ambiente ese aire de que tal vez pudiera existir alguna sorpresa mayúscula en el torneo. Pero al final, todo quedó allí, en el ambiente. Porque los alemanes, oficiosos aprovechadores de los momentos claves del juego, no dejaron ir la oportunidad, y así, cuando mejor jugó Grecia, y cuando parecía que Alemania se podía desinflar, Khedira se encargó de recordarles que frente a ellos no te puedes descuidar ni un segundo. Corría el minuto 61, centro al área de Klose y remate con el exterior del volante del Real Madrid. Gol y a otra cosa. Grecia, esa limitada Grecia, no se repondría jamás del golpe.
Los goles de Klose y Reuss ya formaron parte del trámite. El descuento de Salpingidis quedaba para la anécdota. Este juego de hoy se resolvió verdaderamente en esos seis minutos que separaron el gol del empate griego del 2-1 alemán. En esos 360 segundos estuvo el único chance de Grecia de poder torcer la historia. No pudieron hacerlo empero, y tampoco es que se les pueda recriminar del todo a la valiente banda dirigida por el portugués Fernando Santos.
Y si, ciertamente, el técnico Low dio muestra de una flexibilidad táctica y de una lectura del rival y del juego que debe servir de ejemplo a muchos técnicos en el planeta. Que se termine de entender que cada partido es una nueva realidad, que debe asumirse con las herramientas , muchas o pocas, que se tengan. Que el equipo no son solo 11 jugadores, sino los 23 que están convocados. En esto radica el mérito del entrenador alemán, por lo menos para el juego de hoy. En eso, y en la fortaleza mental del equipo, claro está.
Y es que pareciera que con los herederos de Walter, Beckembauer y Matheus no se puede cuando vienen embalados. No en balde, dos campeones mundiales, Argentina e Inglaterra, se comieron cuatro goles cada uno de este seleccionado en Suráfrica 2010. Para vencer a los alemanes tienes que aprovechar el momento clave del juego, amén de tener una fortaleza mental y concentración absoluta los 90 minutos, porque si no, en un santiamén te liquidan. Quienes han logrado vencer a estos tipos, saben exactamente de lo que estoy escribiendo.
Y los que no lo hacen, quedarán como el mítico Lineker, rumiando su amargura, y repitiendo una y otra vez, con disimulada frustración, que en el fútbol, al final de cuentas, e independientemente de quienes jueguen, siempre ganan los alemanes.

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